martes, 7 de abril de 2026

Texto mayor sobre asuntos menores


En confesiones de medianoche (o de medio día, o de media tarde, según el huso horario en el que usted, amable lector, decida desperdiciar su atención en estos textos), le cuento que —sin ánimos visibles, pero sí plausibles—:

Mis clases de pilates del día de hoy fueron fatales.
La maestra, impecable. La rutina, espectacular.
Yo y mis músculos, en franca disidencia.

No hice mucho, pero me duele todo. La fatalidad, entonces, no estaba en el objeto, sino en el sujeto.
Primera persona del singular. Siempre tan protagonista.

Entre todo eso que me duele —y otras dolencias más difíciles de estirar—, la cabeza ha sido constante.
¿Qué será?, me pregunto con una curiosidad que roza lo clínico.
Desfilan hipótesis: estrés, flojera, alimentación, sueño, hormonas, letargo, renuencia…
y, por supuesto, ese clásico de la mediana edad: existir.

Hoy también (o mañana, o dentro de un mes; usted sabrá cómo administrar este tiempo que yo claramente no administro), cumplí con lo mínimo indispensable en mis responsabilidades remuneradas.
De ocho a cinco.
El hoy, siempre tan perpetuo en mi interior cambiante, eligió —entre infinitas posibilidades— el taoísmo laboral.
Hacer lo justo. Y hacerlo con convicción filosófica.

Después del desastre físico (contrología, le llaman, con una fe que admiro), decidí cenar.
Quizá el dolor de cabeza fuese una baja de glucosa —hipótesis elegantemente ignorada en mi listado anterior—.
Así que me dirigí a un restaurante pequeño, ligeramente tugurioso, donde procedí a reponer, con entusiasmo y exceso, las calorías jamás gastadas.

Habrá notado, apreciable lector (lectora, si así lo prefiere), que no existe una secuencia cronológica lógica en este texto.
No ofreceré disculpas.
La coherencia está sobrevalorada.
Además, la vida tampoco se molesta en ordenar sus párrafos.

Mi gata duerme panza al techo mientras escribo esto, otorgando su vientre como ofrenda absoluta a los dioses del aire acondicionado y la vida sin responsabilidades.
Un referente moral, sin duda.

Sin más —y claramente con menos—, gracias por su interés en este texto profundamente irrelevante.

Les aprecio a la distancia. 

Macu.Kitschmacu. 

Pd. Recuerde usted, que todo lo anteriormente leído pudo haber sucedido en su hoy, pero ya no en el mio.


lunes, 6 de abril de 2026

Viernes de cada quince días

 


Eustaquio hacía muchas pausas al hablar, tenía el tiempo suficiente como para hacer esperar al otro.

Al que se pusiera frente a él y su taza de café. 

Tenía por costumbre cortarse el cabello, los viernes de cada quince días, a las 12, con el mismo peluquero de hace ya 40 años. 

Antelmo, el peluquero, cada vez durante 40 años, cortaba menos pelo de la cabeza de Eustaquio.

Eustaquio leía, pausado pero feroz. Dormía, poco pero con los arrebatos de un quinceañero. 

De ese que dejó de ser hace más de 70 años. No recuerda esa época, porque aún se siente ahí, no ha cambiado mucho, salvo el corte de cabello y las tazas de café.

Hoy es viernes a las doce. Antelmo lo espera, con la taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito. 

Hoy es viernes a las tres. Antelmo lo espera con una taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito. 

Hoy es viernes a las seis. Antelmo lo espera con una taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito. 

Hoy es viernes a las diez. Antelmo ya no espera con una taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito. 

Hoy es viernes a las once. Antelmo ya sabe que ya no esperará el otro viernes dentro de quince días, con una taza de café las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito. 

Macu.Kitschmacu.

jueves, 2 de abril de 2026

Un diálogo entre el tiempo y el silencio

 

Mientras.

—¿Sonó?

—No.

—¿Escuchaste?

—Mientes.

—Diantres… —entre dientes—
sí escuché.

—¿Cuándo?

—Durante.

Antes
de ti, de mí.
Desde antes.

—¿Sientes?

—Sí.

—¿En ese instante?

—No.
Después.

Macu.Kitschmacu

miércoles, 1 de abril de 2026

Cuestión de enfoque


 —Es lo mismo —dijo.

—Fíjate bien —respondió.
—Te estoy diciendo que es lo mismo —insistió.

—Mira, si te fijas en este lado, vas a ver una manchita roja que el otro no tiene —replicó.

—Oye… —contestó, mientras veía con certeza absoluta la manchita roja que no había notado en el primer vistazo.

—¿Mejor, no? Más bonito.

—Pues sí… pues sí —sonrió al aceptarlo.

Macu.Kitschmacu

martes, 31 de marzo de 2026

De haber sabido, Silvia


Mira, Silvia, es que siento que pasan tantas cosas y nomás no digo nada.

Aquí nomás veo, veo y callo, como dice el dicho.
Luego tú sabes que abre uno la boca y mmmmm…
Ya no sabe uno, así que mira, calladita mejor.

Aunque, Silvia… te diré: callar pesa.
Pesa en el pecho así muy raro; luego ese pesar se va a la cabeza, se va a los ojos.

La mirada ya no es la misma, ¿sabes? Hay como una tristeza, como algo ahí guardado que es de uno, pero no es de uno.

Luego, Silvia, vieras… pesa también un poquito más la sonrisa, pesan las dudas, y así va, de peso en peso, de silencio en silencio, haciéndose uno mismo silencio también.

Pesan y pasan los días, los meses; a veces quiero acordarme de los días que pasaron y vieras que no me acuerdo.

Nomás me acuerdo que el silencio no era tan grande, ni tan pesado, ni tan mi amigo.

Éramos apenas conocidos, Silvia.
De haber sabido.


Macu.Kitschmacu

martes, 17 de marzo de 2026

La belleza de lo cotidiano: Una oda a los pequeños detalles.

 

El texto corto
el acrílico aún húmedo
la gata dormida

el abanico sonando
el aire que corre
la luz en mi espalda

empieza la noche

la planta en la esquina
la pared que sostiene
una botella de agua

el espejo: un mundo
la silla espera
la cama: un portal

Macu.Kitschmacu

domingo, 15 de marzo de 2026

Qué bonito se siente sentir: Una reflexión sobre la sensibilidad.

 

Uno siente. 

¿Qué siente uno? 

Uno a veces siente que siente... 

¿Qué será? 

¿Será que se siente bonito? 

¡Qué bonito se siente sentir!

Macu.Kitschmacu